David Copperfield
David Copperfield –Señorito Davy –dijo Ham, con voz entrecortada–, no es culpa suya… jamás se lo reprocharÃa… pero ¡se trata de Steerforth y es un maldito canalla!
El señor Peggotty no gritó, ni se echó a llorar, ni hizo el menor movimiento, hasta que, de pronto, pareció despertarse de nuevo y descolgó su tosco abrigo del perchero que habÃa en el rincón.
–¡Echadme una mano con esto! Estoy tan aturdido que no puedo ponérmelo solo –señaló con impaciencia–. ¡Vamos, echadme una mano! ¡Bien! –exclamó cuando alguien le ayudó–. Y ahora dadme el sombrero.
Ham le preguntó adónde iba.
–Voy a buscar a mi sobrina. Voy a buscar a mi pequeña Emily. Primero voy a desfondar ese barco, y hundirlo donde lo habrÃa ahogado a él, lo juro por mi vida, si hubiera imaginado lo que tramaba. Cuando estaba sentado delante de mà –prosiguió furioso, extendiendo su puño cerrado–, cara a cara… en ese barco, que me parta un rayo si no lo hubiera ahogado… ¡y no me habrÃa arrepentido! Y ahora voy a buscar a mi sobrina.
–¿Dónde? –preguntó Ham, interponiéndose entre él y la puerta.
–¡En todas partes! Voy a buscar a mi sobrina por todo el mundo. Voy a buscar a mi pobre sobrina en su deshonra, y a traerla de vuelta a casa. ¡Nadie podrá detenerme! ¡Os digo que voy a buscar a mi sobrina!