David Copperfield

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Nos acercamos sin darnos cuenta a la vieja gabarra y entramos en ella. La señora Gummidge, que había dejado de gemir en su rincón, estaba muy atareada preparando el desayuno. Cogió el sombrero del señor Peggotty y le acercó la silla, hablándole con tanta dulzura y cariño que apenas pude reconocerla.

–Daniel, mi buen amigo –exclamó la anciana–, tiene usted que comer y beber para conservar las fuerzas, o no hará nada. ¡Vamos, inténtelo! Y, si le molesto con mi cháchara, me lo dice y me callo.

Cuando nos hubo servido a todos, se sentó junto a la ventana para remendar algunas camisas y otras prendas de vestir del señor Peggotty, y, después de doblarlas cuidadosamente, las metió en un viejo saco de hule, como los que llevan los marineros. Durante todo ese tiempo, siguió hablándole con voz apacible.

–Ya sabe que estaré aquí, Daniel –dijo la señora Gummidge–, a todas horas y en todas las estaciones… tal como desea. No soy una persona instruida, pero, cuando esté lejos, le escribiré en mis ratos libres y enviaré las cartas al señorito Davy. Tal vez pueda escribirme usted también, de vez en cuando, Daniel, para decirme cómo se siente durante su triste y solitario viaje.

–Me temo que va a sentirse aquí muy sola –declaró el señor Peggotty.


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