David Copperfield
David Copperfield Me vi obligado a repetir dos veces su nombre (en el tono que habrÃa empleado para despertar a una persona dormida) para que me oyera. Cuando, finalmente, le pregunté en qué pensaba, me respondió:
–En lo que se extiende ante mÃ, señorito Davy; y más allá de aquel horizonte.
–¿Te refieres a tu porvenir?
Ham habÃa señalado vagamente el mar.
–SÃ, señorito Davy. No sabrÃa explicarlo, pero es como si de allà lejos fuera a llegarme… el fin –dijo mirándome, como un hombre que acabara de despertarse, pero con la misma resolución en el rostro.
–¿Qué fin? –le pregunté, mientras mis temores renacÃan.
–No sé –contestó pensativo–; estaba pensando que todo habÃa empezado aquÃ… y entonces llegó el fin. ¡Pero ya pasó! Señorito Davy –añadió, como si hubiera leÃdo mi pensamiento–, no se preocupe por mÃ, aunque me sienta perdido; es como si no acabara de comprender lo sucedido (lo que equivalÃa a decir que no era él mismo y que se hallaba bastante confuso).
El señor Peggotty se detuvo a esperarnos: nos reunimos con él, dando por terminada nuestra conversación. El recuerdo de las palabras de Ham, sin embargo, se sumó a mis pensamientos anteriores, y siguió acudiendo a mi memoria, de vez en cuando, hasta el dÃa en que llegó el inexorable fin, a la hora señalada.