David Copperfield
David Copperfield –Mi único deseo es que siga teniendo el mismo aspecto, dÃa y noche, invierno o verano, que cuando Emily lo vio por primera vez. Si alguna vez regresara, no me gustarÃa que su viejo hogar pareciese rechazarla; quiero que éste la invite a acercarse y a mirar –en medio del viento y de la lluvia, como un fantasma–, a través de su vieja ventana, el cajón donde solÃa sentarse junto al fuego. Quizá entonces, señorito Davy, cuando advierta que sólo está allà la señora Gummidge, reúna suficiente coraje para entrar, toda temblorosa; y tal vez se acueste en su antigua cama, y apoye su fatigada cabeza donde antes dormÃa alegremente.
Fui incapaz de responderle, a pesar de mis esfuerzos.
–Todas las tardes –continuó el señor Peggotty–, nada más anochecer, habrá una vela en la ventana, que parezca decirle si algún dÃa la ve: «¡Vuelve, mi niña, vuelve!». Si alguna vez oyes llamar por la noche a la puerta de tu tÃa, Ham, sobre todo si lo hacen suavemente, no la abras. Deja que sea ella, y no tú, quien reciba a mi hija descarriada.
Caminó un rato delante de nosotros. Durante ese tiempo, miré de nuevo a Ham y, al advertir la misma expresión en su rostro y ver que sus ojos seguÃan clavados en el lejano resplandor, le toqué en el brazo.