David Copperfield
David Copperfield Se detuvo unos instantes, antes de proseguir con voz más firme:
–Voy a buscarla. A partir de ahora, ése será mi único cometido.
Movió la cabeza cuando le pregunté dónde pensaba dirigirse, y quiso saber si yo volverÃa a Londres al dÃa siguiente. Le respondà que, si no lo habÃa hecho ese mismo dÃa, habÃa sido por miedo a dejar de serle útil en algo; pero que estaba dispuesto a salir en cuanto él quisiera.
–Iré con usted, señor –repuso–, si le parece bien regresar mañana.
Seguimos andando en silencio durante un rato.
–Ham –dijo de pronto– continuará con su trabajo y vivirá en casa de mi hermana. En cuanto a esa vieja gabarra…
–¿Acaso piensa usted abandonarla, señor Peggotty? –le reproché con cariño.
–Mi lugar ya no está aquÃ, señorito Davy –contestó–; y si alguna vez se fue a pique un barco, desde que la oscuridad cayó sobre la superficie de las aguas, ha sido precisamente ése. Pero no, señor, no lo abandonaré; nada más lejos de mi ánimo.
Seguimos andando, hasta que él exclamó: