David Copperfield

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Los encontré en la playa, muy cerca de la orilla. Me habría dado cuenta de que ninguno de los dos había dormido en toda la noche, aunque Peggotty no me hubiera dicho que el amanecer les había sorprendido en el mismo lugar donde yo les había dejado la víspera. Parecían extenuados; y tuve la impresión de que el señor Peggotty se había encorvado más en una sola noche que en todos los años transcurridos desde que yo lo conocía. Él y Ham estaban tan serios y solemnes como el mismísimo mar, que se extendía ante nosotros bajo un cielo sombrío, casi sin olas (aunque su sonido fuera tan profundo que pareciese respirar en medio de tanta quietud), mientras el horizonte, iluminado por un sol invisible, se convertía en una franja de luz plateada.

–Hemos hablado largo y tendido, señorito Davy –me dijo el señor Peggotty, cuando llevábamos un rato caminando en silencio–, de lo que debíamos y no debíamos hacer. Pero ahora lo sabemos con claridad.

Miré por casualidad a Ham, que estaba contemplando aquel lejano resplandor sobre el mar, y me asaltó un pensamiento terrible; y no era que su rostro reflejase ira, porque no era cierto, pero recuerdo que se leía en él una extraña determinación… la de matar a Steerforth si algún día se encontraba con él.

–Aquí no tengo nada más que hacer, señor –exclamó el señor Peggotty–. Voy a buscar a mi…


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