David Copperfield

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¡Qué cambio había dado la señora Gummidge en tan poco tiempo! Era otra mujer. Se mostraba tan afectuosa, parecía saber tan bien lo que convenía decir y lo que era preferible callar, pensaba tan poco en sí misma y era tan considerada con el dolor ajeno, que sentí por ella un profundo respeto. ¡Cuánto trabajó aquel día! Hubo que recoger muchas cosas en la playa para guardarlas en el cobertizo: remos, redes, velas, cabos, palos, nasas, sacos de lastre, etc. Y, aunque fueron muchos los que prestaron su ayuda –pues no había en toda aquella costa un hombre que no estuviera dispuesto a trabajar de firme para el señor Peggotty, y que no se sintiera feliz de que éste se lo pidiera–, la señora Gummidge insistió en cargar unos fardos demasiados pesados para ella y en correr inútilmente de un lado a otro, durante toda la jornada. En cuanto a sus desgracias, parecía haber olvidado que algún día hubieran existido. Continuó mostrándose compasiva sin perder su buen humor, quizá lo más sorprendente del cambio que había experimentado. Se habían acabado los lamentos. No advertí el menor temblor en su voz, ni vi una sola lágrima en sus ojos, hasta que cayó la noche; cuando se quedó a solas con el señor Peggotty y conmigo, y éste se durmió agotado, ella estalló en llanto, tratando inútilmente de ahogar sus sollozos, y me pidió que la acompañara a la puerta.



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