David Copperfield
David Copperfield –¡Que Dios le bendiga, señorito Davy! –exclamó–. ¡Pobre hombre! ¡Sea siempre su amigo!
Se apresuró entonces a salir de la casa para lavarse el rostro, a fin de que el señor Peggotty, al despertar, la encontrara trabajando tranquilamente a su lado. En pocas palabras, cuando me despedà por la noche, la anciana se habÃa convertido en el principal apoyo y sostén del señor Peggotty; y no pude sino meditar sobre la lección que me habÃa dado la señora Gummidge, y en todo lo que habÃa descubierto gracias a ella.
SerÃan las nueve o las diez de la noche cuando, después de atravesar desconsolado la ciudad, me detuve en la puerta del señor Omer. Minnie me explicó que su padre se habÃa disgustado tanto con la noticia que habÃa pasado el dÃa triste y abatido, y se habÃa acostado sin fumar su pipa.
–¡Qué muchacha tan falsa y malvada! –exclamó la señora Joram–. Nunca hubo un ápice de bondad en ella.
–No diga eso –le interrumpÖ. Estoy seguro de que no lo piensa.
–¡Claro que sÃ! –respondió ella, enojada.
–No, no –insistà yo.