David Copperfield
David Copperfield La señora Joram movió la cabeza, tratando de mantener su expresión de enfado, pero fue incapaz de dominar la ternura que habÃa en ella y rompió a llorar. Yo era joven, es verdad; pero la aprecié más por la compasión que mostraba, y pensé que ésta le sentaba realmente bien a una esposa y madre tan ejemplar.
–¿Qué hará? –sollozó Minnie–. ¿Dónde irá? ¿Qué será de ella? ¡Oh, Dios! ¡Cómo ha podido ser tan cruel consigo misma y con su prometido!
Recordé los tiempos en que Minnie era una bonita joven y, al verla tan conmovida, me alegré de que tampoco ella los hubiera olvidado.
–Mi pequeña Minnie –dijo la señora Joram– acaba de dormirse. Hasta en sueños solloza por Emily. Ha pasado el dÃa llorando y preguntándome una y otra vez si Emily era mala. Cuando pienso que la última noche que estuvo aquà se quitó la cinta de su cuello y se la puso a Minnie, y luego apoyó su cabeza en la almohada, junto a la de la niña, hasta que ésta se durmió, ¿qué puedo contestarle? La cinta está aún alrededor del cuello de mi pequeña Minnie. Tal vez habrÃa tenido que quitársela, pero ¿qué puedo hacer? Emily ha obrado muy mal, pero las dos se querÃan tanto… Y la niña desconoce lo ocurrido.