David Copperfield

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La señora Joram se sentía tan desgraciada que su marido vino a consolarla. Los dejé juntos y me dirigí a casa de Peggotty, todavía más triste que antes, si eso era posible.

La buena mujer (me refiero a Peggotty), sin manifestar la menor fatiga después de sus recientes sufrimientos y de sus noches en vela, se encontraba en la vieja gabarra de su hermano, donde había querido pasar la noche. Una anciana, que se había ocupado de los quehaceres domésticos durante las últimas semanas, mientras Peggotty no podía atenderlas, era su única ocupante, aparte de mí. Como no tenía necesidad de sus servicios, le pedí que se acostara, lo que pareció complacerla, y me senté junto al fuego de la cocina, tratando de ordenar mis ideas.

Los últimos sucesos se confundían en mi imaginación con la muerte del difunto señor Barkis, y tenía la impresión de bajar con la marea hacia el lejano horizonte que Ham había contemplado de un modo tan extraño aquella misma mañana; un golpe en la puerta me sacó de mi ensimismamiento. Pero el ruido no venía de la aldaba. Era una mano la que llamaba, y a baja altura, como lo hubiera hecho un niño.



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