David Copperfield
David Copperfield Me sobresalté tanto como si hubiera oÃdo al lacayo de un personaje distinguido. Abrà la puerta y, al principio, para gran sorpresa mÃa, lo único que vi fue un enorme paraguas que parecÃa moverse por sà mismo; pero no tardé en descubrir bajo él a la señorita Mowcher.
Es posible que no hubiera estado demasiado bien dispuesto a recibir a aquella pequeña criatura si en el momento de apartar el paraguas, que no conseguÃa cerrar a pesar de sus esfuerzos, hubiera advertido en ella esa expresión de picardÃa en el rostro que tanto me habÃa impresionado en nuestro primer y último encuentro. Pero el semblante que levantó hacia mà reflejaba tanta inquietud y, cuando le cogà el paraguas (que habrÃa resultado demasiado grande hasta para el gigante irlandés[65]), retorció sus pequeñas manos con tanto pesar que no pude evitar sentir cierta simpatÃa por ella.
–¡Señorita Mowcher! –exclamé, después de mirar a ambos lados de la calle desierta, sin saber exactamente lo que buscaba–. ¿Por qué ha venido aqu� ¿Qué ocurre?