David Copperfield

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Ella me indicó con su bracito derecho que cerrase el paraguas, y, pasando velozmente por delante de mí, entró en la cocina. Cuando hube cerrado la puerta y fui tras ella, con el paraguas en la mano, la encontré sentada en la rejilla de la chimenea (que era muy baja y tenía dos barras lisas en la parte superior para colocar los platos), a la sombra de un caldero, balanceándose hacia adelante y hacia atrás y frotándose las rodillas con las manos, como si le doliera algo.

Sumamente alarmado de ser el único destinatario de aquella visita intempestiva, y el único espectador de tan extraordinario comportamiento, dije de nuevo:

–Por favor, señorita Mowcher, ¿qué ocurre? ¿Se encuentra usted mal?

–Mi querido joven –respondió ella, colocando las dos manos sobre el corazón–. Me duele aquí, me duele terriblemente aquí. Cuando pienso que todo ha terminado de este modo… y que yo podía haberlo imaginado, e incluso evitado, de no haber sido tan alocada.

Su enorme sombrero (completamente desproporcionado para su estatura) volvió a moverse hacia delante y hacia atrás, siguiendo el balanceo de su diminuto cuerpo; entretanto, un gigantesco sombrero bailaba al mismo ritmo que ella en la pared.

–Me sorprende verla tan seria y afligida… –empecé a decir.


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