David Copperfield
David Copperfield –SÃ, siempre sucede lo mismo –me interrumpió ella–. Estos jóvenes tan desconsiderados, altos y bien parecidos, se sorprenden de descubrir sentimientos en una criatura como yo. Para ellos no soy más que un juguete con el que divertirse, y del que se deshacen en cuanto se cansan… y les asombra que tenga más sentimientos que un caballo de juguete o un soldado de madera. SÃ, asà son las cosas; no es nada nuevo.
–Es posible que sea cierto con otras personas –repuse–, pero no conmigo, se lo aseguro. Quizá no deberÃa sorprenderme verla asÃ, apenas la conozco. He hablado sin reflexionar.
–¿Qué otra cosa puedo hacer? –señaló la pequeña mujer, poniéndose en pie y extendiendo sus brazos para que la viera mejor–. ¡FÃjese en mÃ! Mi padre era como yo; y también lo es mi hermana… y mi hermano. He trabajado para ellos desde hace muchos años… y muy duramente, señor Copperfield… durante todo el dÃa. Tengo que vivir. Y no hago daño a nadie. Si existen personas lo bastante crueles e inconscientes para burlarse de mÃ, ¿qué otra cosa puedo hacer sino reÃrme de mÃ, de ellos y de cuanto me rodea? ¿Y quién tiene la culpa de eso? ¿Acaso yo?
No, no; comprendà que la señorita Mowcher era inocente.