David Copperfield
David Copperfield –Acabo de verle pasar por la calle –prosiguió–. Como podrá imaginar, soy incapaz de andar a la misma velocidad que usted, con estas piernas tan cortas y lo escasa que ando de resuello, asà que no pude alcanzarle; pero adiviné de dónde venÃa y le seguÃ. Ya he estado aquà antes, pero la buena mujer no se encontraba en casa.
–¿La conoce? –quise saber.
–He oÃdo hablar de ella en la tienda de Omer y Joram –respondió–. Yo estaba allà a las siete de la mañana. ¿Se acuerda lo que me dijo Steerforth de esa desdichada joven la noche en que estuve con los dos en la posada?
El enorme sombrero que la señorita Mowcher llevaba en la cabeza y el gigantesco sombrero de la pared empezaron a balancearse nuevamente hacia delante y hacia atrás mientras ella me hacÃa esta pregunta.
Yo sabÃa muy bien a qué se referÃa, pues lo habÃa recordado muchas veces a lo largo del dÃa. Asà se lo dije.
–¡Que el diablo le maldiga! –exclamó la pequeña mujer, con su dedo Ãndice entre mi persona y sus ojos centelleantes–. ¡Y diez veces más a su vil criado! Pero creà que era usted quien sentÃa una pasión juvenil por ella…
–¿Yo?