David Copperfield
David Copperfield Littimer no apareció. La muchacha de rostro agradable que le había reemplazado en mi última visita atendió nuestra llamada y nos condujo al salón. La señora Steerforth nos esperaba allí. Cuando nos vio entrar, Rosa Dartle se acercó a ella y se colocó detrás de su asiento.
No tardé en advertir, por la expresión de la señora Steerforth, que su hijo le había contado lo ocurrido. Estaba muy pálida; y la emoción que reflejaba su semblante era mucho más profunda que la que hubiera podido causar mi escrito, ya que el amor que sentía por Steerforth habría debilitado cualquier duda que yo hubiera podido inspirarle. En aquellos momentos la encontré más parecida que nunca a su hijo; y tuve la sensación de que mi compañero pensaba lo mismo.
Estaba sentada en su butaca, muy erguida, tan majestuosa, imperturbable y fría como si nada en el mundo fuera capaz de turbarla. Miró fijamente al señor Peggotty, que también clavó sus ojos en ella. La mirada penetrante de Rosa Dartle nos envolvió a todos. Durante algunos instantes, reinó el silencio.
La señora Steerforth invitó al señor Peggotty a tomar asiento, pero éste respondió en voz baja:
–No me parece natural sentarme en esta casa, señora. Prefiero quedarme en pie.
Siguió otro silencio, que ella rompió con estas palabras: