David Copperfield

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–Conozco el motivo de su visita y no sabe cuánto lo lamento. ¿Qué desea de mí? ¿Qué quiere usted que haga?

El señor Peggotty, con el sombrero bajo el brazo, buscó la carta de Emily en su pecho, la sacó y, después de desdoblarla, se la entregó.

–Le ruego que la lea, señora. Es de mi sobrina.

La señora Steerforth la leyó con la misma expresión digna e impasible, como si su contenido no le conmoviera, y se la devolvió.

–«A menos que él me traiga como esposa suya» –dijo el señor Peggotty, señalando estas palabras con el dedo–. Vengo para saber si él cumplirá su promesa.

–No –contestó ella.

–¿Por qué razón? –preguntó el señor Peggotty.

–Resulta imposible. Sería una deshonra para él. No puede ignorar que su posición está muy por encima de la de su sobrina.

–¡Elévenla entonces hasta ustedes! –exclamó él.

–Es una muchacha ignorante y sin educación.

–Tal vez sí, tal vez no –afirmó el señor Peggotty–. Yo creo que no, señora; pero no soy demasiado buen juez. ¡Enséñenle lo que no sepa!


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