David Copperfield
David Copperfield –Puesto que me obliga a hablar con más claridad, algo que me habrÃa gustado evitar, el humilde origen de su familia serÃa más que suficiente para que esa unión resultara imposible.
–Escúcheme, señora –respondió él con lentitud y serenidad–. Usted sabe lo que es amar a un hijo. Yo también. No podrÃa querer más a Emily, aunque fuera cien veces hija mÃa. Usted no sabe lo que es perder a un hijo. Yo sÃ. ¡DarÃa todos los tesoros del mundo, si fueran mÃos, para recuperarla! Pero sálvenla del deshonor y jamás seremos una vergüenza para ella. Ninguno de nosotros, entre los que se crió… ninguno de los que hemos vivido con ella y la hemos adorado durante todos estos años, volverá a contemplar su hermoso rostro. Nos contentaremos con saber que existe; nos contentaremos con pensar en ella, como si estuviera muy lejos, bajo otro sol y otro cielo; nos contentaremos con confiársela a su esposo… y tal vez a sus hijos… y esperaremos el dÃa en que todos seamos iguales ante Dios.

El señor Peggoty y la señora Steerforth
La tosca elocuencia con que se expresó no dejó de surtir efecto. Sin abandonar su aire altivo, la señora Steerforth le respondió con cierta dulzura: