David Copperfield
David Copperfield –No justifico nada. No quiero contestar con otras acusaciones. Pero lamento repetir que es imposible. Una boda asà perjudicarÃa irremediablemente la carrera de mi hijo, y arruinarÃa su porvenir. Ese matrimonio es imposible y nunca se celebrará, no hay nada más cierto que eso. Si existe alguna otra compensación…
–Tengo ante mà un rostro muy parecido –le interrumpió el señor Peggotty, con una mirada firme y cada vez más encendida– al que solÃa ver en mi hogar, junto a la chimenea, en mi vieja barca… y en todas partes… amistoso y sonriente, mientras planeaba una traición que soy incapaz de recordar sin casi volverme loco. Si este rostro tan parecido no enrojece de vergüenza ante la idea de ofrecerme dinero a cambio de la ruina y el deshonor de mi pequeña, es que es igual de malvado. Aunque es posible que sea peor, al tratarse del de una dama.
La señora Steerforth se transformó en un instante. La ira encendió sus mejillas y exclamó con dureza, aferrándose a los brazos de su butaca:
–¿Y qué compensación puede ofrecerme usted por el abismo que se ha abierto entre mi hijo y yo? ¿Qué significa su amor al lado del mÃo? ¿Cómo puede compararse su separación con la nuestra?
La señorita Dartle la tocó suavemente e inclinó la cabeza para hablarle en voz baja, pero ella se negó a escucharla.