David Copperfield
David Copperfield –No tema que vuelva a molestarla, señora. No tengo nada más que decirle –afirmó, acercándose a la puerta–. He venido aquà sin esperanzas, y sin esperanzas me voy. He hecho lo que consideraba mi deber, pero nunca pensé conseguir nada bueno con mi visita. Esta casa ha sido demasiado funesta para mà y para los mÃos para esperar algo bueno de ella.
Y, después de estas palabras, abandonamos la habitación, dejando a la señora Steerforth en pie junto a su butaca, la viva imagen de la hermosura y de la nobleza.
Para salir a la calle tenÃamos que atravesar un vestÃbulo empedrado, con paredes y techo de cristal, por donde trepaba una enredadera. Todas sus hojas y sus brotes estaban ya verdes y, como hacÃa sol, la doble puerta acristalada que daba al jardÃn se hallaba abierta de par en par. Cuando nos acercamos a ella, Rosa Dartle entró con paso silencioso y se dirigió a mÃ.
–¡Estará orgulloso de haber traÃdo aquà a este hombre! –exclamó.
Jamás habÃa imaginado que la rabia y el desprecio pudieran oscurecer de ese modo un rostro, ni siquiera el de ella, mientras sus ojos de azabache centelleaban. La cicatriz del martillo resultó mucho más visible, como siempre que se excitaba. Cuando el temblor que yo habÃa percibido en otras ocasiones apareció, ella levantó la mano y se cubrió con ella los labios.