David Copperfield

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–Es probable que no volvamos a vernos en mucho tiempo… lo que será sin duda una fuente de satisfacción para los dos, pues esta clase de encuentros nunca podrán ser agradables. No espero que usted, que siempre se rebeló contra mi legítima autoridad, ejercida en beneficio suyo y con el fin de reformarle, me agradezca nada. Existe una antipatía mutua…

–Muy antigua, creo, ¿no es así? –le interrumpí.

Él sonrió y me lanzó la mirada más diabólica que podía salir de aquellos ojos sombríos.

–Una antipatía que envenenó su corazón de niño –prosiguió–, y que amargó la vida de su pobre madre. Tiene razón. Espero, sin embargo, que mejore con el tiempo y que llegue a corregirse.

Y así concluyó el diálogo que habíamos sostenido en voz baja en un rincón del antedespacho; y el señor Murdstone entró en la estancia del señor Spenlow, diciendo en voz alta, con su tono más amable:

–En la profesión del señor Spenlow están acostumbrados a las rencillas familiares, y saben lo complicadas y difíciles de resolver que son.

Y, después de este comentario, pagó su licencia; cuando el señor Spenlow se la hubo entregado cuidadosamente doblada, acompañada de un apretón de manos y de sus mejores deseos de felicidad para él y para su dama, el señor Murdstone abandonó los Commons.


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