El Velo negro
El Velo negro —¡Viene para una consulta? —preguntó el cirujano titubeando y entreabriendo la puerta. No por eso se alteró la posición de la figura, que seguía siempre inmóvil.
Ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.
—Pase, por favor —dijo el cirujano.
La figura dio un paso; luego, volviéndose hacia donde estaba el muchacho, el cual sintió un profundo horror, pareció dudar.
—Márchate, Tom —dijo al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos habían permanecido abiertos durante la breve entrevista—. Corre la cortina y cierra la puerta.
El muchacho corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retiró al gabinete, cerró la puerta e inmediatamente miró por la cerradura. El cirujano acercó una silla al fuego e invitó a su visitante a que se sentase. La figura misteriosa se adelantó hacia la silla, y cuando el fuego iluminó su traje negro el cirujano observó que estaba manchado de barro y empapado de agua.
—¿Se ha mojado mucho? —le preguntó.
—Si —respondió ella con una voz baja y profunda.
