El Velo negro
El Velo negro En efecto, una mano se habÃa apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni delicada; su propietario era un muchacho corpulento, el cual por un chelÃn semanal y la comida habÃa sido empleado en la parroquia para repartir medicinas. Como no habÃa demanda de medicamentos ni necesidad de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas —unas catorce por dÃa— en substraer pastillas de menta, tomarlas y dormirse.
—¡Una señora, señor, una señora! —exclamó el muchacho, sacudiendo a su amo.
—¿Qué señora? —exclamó nuestro amigo, medio dormido—. ¿Qué señora? ¿Dónde?
—¡AquÃ! —repitió el muchacho, señalando la puerta de cristales que conducÃa al gabinete del cirujano, con una expresión de alarma que podrÃa atribuirse a la insólita aparición de un cliente.
El cirujano miró y se estremeció también a causa del aspecto de la inesperada visita. Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba con el cristal. La parte superior de su figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, y llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie, erguida; su figura se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sintió que unos ojos bajo el velo se fijaban en él, ella no se movÃa para nada ni mostraba darse cuenta de que la estaban observando.
