El Velo negro
El Velo negro Una velada de invierno, quizá a fines de otoño de 1800, o tal vez uno o dos años después de aquella fecha, un joven cirujano se hallaba en su despacho, escuchando el murmullo del viento, que agitaba la lluvia contra la ventana, silbando sordamente en la chimenea. La noche era húmeda y frÃa; y como él habÃa caminado durante todo el dÃa por el barro y el agua, ahora descansaba confortablemente, en bata, medio dormido, y pensando en mil cosas. Primero en cómo el viento soplaba y de qué manera la lluvia le azotarÃa el rostro si no estuviese instalado en su casa.
Sus pensamientos luego cayeron sobre la visita que hacÃa todos los años para Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que serÃa muy grato volver a verlas y en la alegrÃa que sentirÃa Rosa si él pudiera decirle que, al fin, habÃa encontrado un paciente y esperaba encontrar más, y regresar dentro de unos meses para casarse con ella. Empezó a hacer cálculos sobre cuándo aparecerÃa este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia, estarÃa destinado a no tener ninguno. Volvió a pensar en Rosa y le dio sueño y la soñó, hasta que el dulce sonido de su voz resonó en sus oÃdos y su mano, delicada y suave, se apoyó sobre su espalda.
