Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Te he dicho que no quiero ningún regalo, Joe — interrumpÃ.
— Pues bien — dijo Joe —. Si yo estuviese en tu lugar, Pip, tampoco pensarÃa en regalarle nada. Desde luego, no lo harÃa. ¿De qué sirve una cadena para la puerta, si la pobre señora no se acuesta nunca? Tampoco me parecen convenientes los tornillos, ni el tenedor para las tostadas. Por otra parte…
— Mi querido Joe — exclamé desesperado y agarrándome a su chaqueta —. No sigas. Te repito que jamás tuve la intención de hacer un regalo a la señorita Havisham.
— No, Pip — contestó satisfecho, como si hubiese logrado convencerme —. Te digo que tienes razón. —Asà es, Joe. —Lo único que querÃa decirte es que, como ahora no tenemos mucho trabajo, podrÃas darme un permiso de medio dÃa, mañana mismo, y asà irÃa a la ciudad a visitar a la señorita Est… Havisham.
— Me parece — dijo Joe con gravedad — que el nombre de esta señorita no es Esthavisham, a no ser que se haya vuelto a bautizar.
— Ya lo sé, ya lo sé. Me he equivocado. Y ¿qué te parece, Joe?