Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Ya ves, Pip. La señorita Havisham se ha portado muy bien contigo. Y cuando te hubo entregado el dinero, me llamó para decirme que ya no habÃa que esperar nada más. — Eso es, Joe. Yo lo oà también. — Nada más — repitió Joe con cierto énfasis. — SÃ, Joe; te digo que lo oÃ. — Lo cual significa, Pip, que para ella ha terminado todo y que, en adelante, tú has de seguir un camino completamente distinto. Yo opinaba igual que él, y en nada me consolaba que Joe lo creyese asÃ. — Pero oye, Joe — Te escucho. — Estoy ya en el primer año de mi aprendizaje, y como desde el dÃa en que empecé a trabajar no he ido a dar las gracias a la señorita Havisham ni le he demostrado que me acuerdo de ella. — Esto es verdad, Pip. Y como no puedes presentarle como regalo una colección de herraduras, en vista de que ella no podrÃa utilizarlas. — No me refiero a esta clase de recuerdos, Joe; ni hablo, tampoco, de ningún regalo.
Pero Joe pensaba entonces en la conveniencia de hacer un regalo, y añadió:
— Tal vez podrÃas regalarle una cadena nueva para la puerta principal o, quizás, una o dos gruesas de tornillos para utilizarlos donde mejor le conviniese. También algún objeto de fantasÃa, como un tenedor para hacer tostadas, o unas parrillas.