Grandes Esperanzas

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Dolge Orlick estaba trabajando al día siguiente, cuando yo recordé a Joe el permiso de medio día. Por el momento no dijo nada, porque él y Joe tenían entonces una pieza de hierro candente en el yunque y yo tiraba de la cadena del fuelle; pero luego, apoyándose en su martillo, dijo:

— Escuche usted, maestro. Seguramente no va a hacer un favor tan sólo a uno de nosotros. Si el joven Pip va a tener permiso de medio día, haga usted lo mismo por el viejo Orlick.

Supongo que tendría entonces veinticinco años, pero él siempre hablaba de sí mismo como si fuese un anciano.

— ¿Y qué harás del medio día de fiesta, si te lo doy? — preguntó Joe.

— ¿Que qué haré? ¿Qué hará él con su permiso? Haré lo mismo que él — dijo Orlick.

— Pip ha de ir a la ciudad — observó Joe.

— Pues, entonces, el viejo Orlick irá también a la ciudad — contestó él —. Dos personas pueden ir allá. No solamente puede ir él.

— No te enfades — dijo Joe.

—Me enfadaré si quiero—gruñó Orlick—. Si él va, yo también iré. Y ahora, maestro, exijo que no haya favoritismos en este taller. Sea usted hombre.


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