Grandes Esperanzas

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El maestro se negó a seguir tratando el asunto hasta que el obrero estuviese de mejor humor. Orlick se dirigió a la fragua, sacó una barra candente, me amenazó con ella como si quisiera atravesarme el cuerpo y hasta la paseó en torno de mi cabeza; luego la dejó sobre el yunque y empezó a martillearla con la misma saña que si me golpease a mí y las chispas fuesen gotas de mi sangre. Finalmente, cuando estuvo acalorado y el hierro frío, se apoyó nuevamente en su martillo y dijo:

— Ahora, maestro.

— ¿Ya estás de buen humor? — preguntó Joe.

— Estoy perfectamente — dijo el viejo Orlick con voz gruñona.

—Teniendo en cuenta que tu trabajo es bastante bueno — dijo Joe —, vamos a tener todos medio día de fiesta.

Mi hermana había estado oyendo en silencio, en el patio, pues era muy curiosa y una espía incorregible, e inmediatamente miró al interior de la fragua a través de una de las ventanas.

—Eres un estúpido—le dijo a Joe—dando permisos a los haraganes como ése. Debes de ser muy rico para desperdiciar de este modo el dinero que pagas por jornales. No sabes lo que me gustaría ser yo el amo de ese grandullón.


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