Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Ya sabemos que es usted muy mandona — replicó Orlick, enfurecido.
— Déjala — ordenó Joe.
— Te aseguro que sentarÃa muy bien la mano a todos los tontos y a todos los bribones — replicó mi hermana, empezando a enfurecerse —. Y entre ellos comprenderÃa a tu amo, que mereceria ser el rey de los tontos. Y también te sentarÃa la mano a ti, que eres el gandul más puerco que hay entre este lugar y Francia. Ya lo sabes.
— Tiene usted una lengua muy larga, tÃa Gargery — gruñó el obrero—. Y si hemos de hablar de bribones, no podemos dejar de tenerla a usted en cuenta.
— ¿Quieres dejarla en paz? — dijo Joe.
— ¿Qué has dicho? — exclamó mi hermana empezando a gritar—. ¿Qué has dicho? ¿Qué acaba de decirme ese bandido de Orlick, Pip? ¿Qué se ha atrevido a decirme, cuando tengo a mi marido al lado? ¡Oh! ¡Oh! — Cada una de estas exclamaciones fue un grito, y he de observar que mi hermana, a pesar de ser la mujer más violenta que he conocido, no se dejaba arrastrar por el apasionamiento, porque deliberada y conscientemente se esforzaba en enfurecerse por grados —. ¿Qué nombre me ha dado ante el cobarde que juró defenderme? ¡Oh! ¡Contenedme! ¡Cogedme!