Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas —Si fuese usted mi mujer—gruñó el obrero entre dientes—, ya verÃa lo que le hacÃa. Le pondrÃa debajo de la bomba y le darÃa una buena ducha.
— ¡Te he dicho que la dejes en paz! — repitió Joe.
— ¡Dios mÃo! — exclamó mi hermana gritando —. ¡Y que tenga que oÃr estos insultos de ese Orlick! ¡En mi propia casa! ¡Yo, una mujer casada! ¡Y con mi marido al lado! ¡Oh! ¡Oh!