Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Espero que eso te servirá de lección, muchacho.
Lo dijo como si ya fuese un hecho conocido mi deseo de asesinar a un próximo pariente, con tal que pudiera inducir a uno de ellos a tener la debilidad de convertirse en mi bienhechor. Era ya noche cerrada cuando todo hubo terminado y cuando, en compañÃa del señor Wopsle, emprendà el camino hacia mi casa. En cuanto salimos de la ciudad encontramos una espesa niebla que nos calaba hasta los huesos. El farol de la barrera se divisaba vagamente; en apariencia, no brillaba en el lugar en que solÃa estar y sus rayos parecÃan substancia sólida en la niebla. Observábamos estos detalles y hablábamos de que tal vez la niebla podrÃa desaparecer si soplaba el viento desde un cuadrante determinado de nuestros marjales, cuando nos encontramos con un hombre que andaba encorvado a sotavento de la casa de la barrera.
—¡Caramba!—exclamamos—. ¿Eres tú, Orlick?
— ¡Ah! — exclamó él irguiéndose —. He salido a dar una vuelta para ver si encontraba a alguien que me acompañase.
— Ya es muy tarde para ti — observé.
Orlick contestó, muy lógicamente:
— ¿S� Pues también están ustedes algo retrasados.