Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Hemos pasado la velada — dijo el señor Wopsle, entusiasmado por la sesión —, hemos pasado la velada, señor Orlick, dedicados a los placeres intelectuales.
El viejo Orlick gruñó como si no tuviera nada que replicar, y los tres echamos a andar. Entonces le pregunté en qué habÃa empleado su medio dÃa de fiesta y si habÃa ido a la ciudad. — Sà — dijo —. He ido también. Fui detrás de ti. No te he visto, aunque te he seguido los pasos. Pero, mira, parece que resuenan los cañones.
— ¿En los Pontones? — pregunté.
—SÃ. Algún pájaro se habrá escapado de la jaula. Desde que anocheció están disparando. Pronto oirás un cañonazo.
En efecto: no habÃamos dado muchos pasos, cuando un estampido llegó hasta nuestros oÃdos, aunque algo apagado por la niebla, retumbando a lo largo de las tierras bajas inmediatas al rÃo, como si persiguiera y amenazara a los fugitivos.
— Una buena noche para escaparse — dijo Orlick —. Lo que es hoy, me parecerÃa algo difÃcil cazar a un fugitivo.