Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas El asunto era bastante interesante para mà y reflexioné en silencio acerca de él. El señor Wopsle, como el tÃo que tan mala paga alcanzó por sus bondades en la tragedia, empezó a meditar en voz alta acerca de su jardÃn en Camberwell. Orlick, con las manos en los bolsillos, andaba encorvado a mi lado. La noche era oscura, húmeda y fangosa, de modo que a cada paso nos hundÃamos en el barro. De vez en cuando llegaba hasta nosotros el estampido del cañón que daba la señal de la fuga, y nuevamente retumbaba a lo largo del lecho del rÃo. Yo estaba entregado a mis propios pensamientos. El señor Wopsle murió amablemente en Camberwell, muy valiente en el campo Bosworth y en las mayores agonÃas en Glastonbury. Orlick, a veces, tarareaba la canción de Old C1em, y yo me figuré que habÃa bebido, aunque no estaba borracho. Asà llegamos al pueblo. El camino que seguimos nos llevó más allá de Los Tres Alegres Barqueros y, con gran sorpresa nuestra, pues ya eran las once de la noche, encontramos el establecimiento en estado de gran agitación, con la puerta abierta de par en par y las luces encendidas en todos los departamentos del establecimiento, de un modo no acostumbrado. El señor Wopsle preguntó qué sucedÃa, aunque convencido de que habÃan aprehendido a un penado; un momento después salió corriendo con la mayor prisa. Sin detenerse, exclamó al pasar por nuestro lado: