Grandes Esperanzas

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Dicho esto llamó a los soldados, que penetraron en la cocina uno tras otro y dejaron las armas en un rincón. Luego se quedaron en pie como deben hacer los soldados, aunque tan pronto unían las manos o se apoyaban sobre una pierna, o se reclinaban sobre la pared con los hombros, o bien se aflojaban el cinturón, se metían la mano en el bolsillo o abrían la puerta para escupir fuera.

Vi todo eso sin darme cuenta de que lo veía, porque estaba muy atemorizado. Pero, empezando a comprender que las esposas no eran para mí y que, gracias a los soldados, el asunto del pastel había quedado relegado a segundo término, recobré un poco mi perdida serenidad.

— ¿Quiere usted hacerme el favor de decirme qué hora es? - preguntó el sargento dirigiéndose al señor Pumblechook, como si se hubiera dado cuenta de que era hombre tan exacto como el mismo reloj.

— Las dos y media, en punto.

— No está mal - dijo el sargento, reflexionando -. Aunque me vea obligado a pasar aquí dos horas, tendré tiempo. ¿A qué distancia estamos de los marjales? Creo que a cosa de poco más de una milla.

— Precisamente una milla - dijo la señora Joe.


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