Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Está bien. Asà podremos llegar a ellos al oscurecer. Mis órdenes son de ir allà un poco antes de que anochezca. Está bien.
— ¿Se trata de penados, sargento? preguntó el señor Wopsle como si ello fuese la cosa más natural.
— En efecto. Son dos penados. Sabemos que están todavÃa en los marjales, y no saldrán de allà antes de que oscurezca. ¿Alguno de ustedes ha tenido ocasión de verlos?
Todos, exceptuando yo mismo, contestaron negativamente y de un modo categórico. Nadie pensó en mÃ.
— Bien - dijo el sargento -. Pronto se verán rodeados por todas partes. Espero que eso será más pronto de lo que se figuran. Ahora, herrero, si está usted dispuesto, Su Majestad el rey lo está también.
Joe se habÃa quitado la chaqueta, el chaleco y la corbata; se puso el delantal de cuero y pasó a la fragua. Uno de los soldados abrió los postigos de madera, otro encendió el fuego, otro accionó el fuelle y los demás se quedaron en torno del hogar, que rugió muy pronto. Entonces Joe empezó a trabajar, en tanto que los demás le observábamos.