Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas El interés de la persecución encomendada a los soldados no solamente absorbía la atención general, sino que hizo que mi hermana se sintiera liberal. Sacó del barril un cántaro de cerveza para los soldados e invitó al sargento a tomar una copa de aguardiente. Pero el señor Pumblechook se apresuró a decir:
— Es mejor que le des vino. Por lo menos, tengo la seguridad de que no contiene alquitrán.
El sargento le dio las gracias y le dijo que prefería las bebidas sin alquitrán y que, por consiguiente, tomaría vino si en ello no había inconveniente. Cuando se lo dieron, bebió a la salud de Su Majestad y en honor de la festividad. Se lo tragó todo de una vez y se limpió los labios.
— Buen vino, ¿verdad, sargento? preguntó el señor Pumblechook.
— Voy a decirle una cosa - replicó el sargento -, y es que estoy persuadido de que este vino es de usted.
El señor Pumblechook se echó a reír y preguntó:
— ¿Por qué dice usted eso?
— Pues - replicó el sargento, dándole una palmada en el hombro - porque es usted hombre que lo entiende.
— ¿De veras? - preguntó el señor Pumblechook riéndose otra vez -. Tome otro vasito.