Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Sà —respondió el interpelado con un gesto de satisfacción—. Lo arrastrarán, lo ahorcarán a medias, lo descolgarán después de la horca, le desollarán en vida el pecho, el vientre, las piernas y los costados; le quitarán las carnes, las quemarán a su vista; le cortarán la cabeza, y finalmente lo descuartizarán… asà lo expresa la sentencia.
—Si se le reconoce culpable… por supuesto —añadió Jerry.
—¡Oh! No temáis —respondió el otro—; lo condenarán; tenedlo por seguro.
El conserje llamó entonces la atención del señor Cruncher, pues lo vio acercarse al señor Lorry con el billete que debÃa entregarle. El señor Lorry estaba en una mesa, entre caballeros con peluca, cerca del abogado del acusado, y casi enfrente de otro caballero, también con peluca, que, con las manos en los bolsillos, parecÃa concentrado, cuando el señor Cruncher lo miraba, ahora o más adelante, en el techo de la sala. Después de haber tosido varias veces con estrépito, de agitar la mano y de frotarse la barba, el señor Cruncher logró hacerse ver por el señor Lorry, que se habÃa puesto de pie para buscarlo con la mirada, y que, habiéndolo visto, le hizo una ligera señal con la cabeza, tras lo cual volvió a sentarse inmediatamente.
—¿Qué tiene que ver con el caso? —le preguntó el hombre con el que habÃa hablado.