Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Hacéis más que creerlo, estáis seguro.
—En efecto, señor Carton.
—Sabed, pues, el motivo de mi conducta; soy un miserable, un vago sin posición alguna; no hago caso a nadie, y nadie me hace caso a mÃ.
—Lo siento, caballero, porque podrÃais hacer mejor uso de vuestro talento.
—Sin embargo, señor Darnay, no os envanezcáis si os creéis superior; porque ¿quién sabe lo que nos depara el porvenir?
Cuando Carton se quedó solo, cogió la luz, se acercó al espejo que colgaba de la pared y se miró con atención.
—¿Profesas cariño a ese hombre? —preguntó a su propia imagen—. ¿Por qué habrÃas de quererle? ¿Porque se te parece? Pero ¿qué puede nadie querer en ti? Nada: hace mucho tiempo que lo sabes. ¡El diablo te confunda! ¡Qué cambio se ha producido en tu alma! ¿Es acaso una razón para apreciar a un hombre que te enseñe lo que hubieras podido ser y te haga comprender la inmensidad de tu caÃda? De haber estado en su lugar habrÃas recibido tú la mirada que esos ojos azules han clavado en él y habrÃas despertado la emoción que agitaba ese rostro. Responde, responde con franqueza: ¡tú lo detestas!