Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —SÃ; siempre el mismo y siempre con igual suerte —respondió Carton con amargura—. En aquellos felices años de mi juventud cumplÃa ya con los deberes de los demás y olvidaba los mÃos.
—¿Por qué?
—Solo Dios lo sabe; era sin duda mi destino.
TenÃa las manos en los bolsillos, las piernas estiradas y miraba el fuego distraÃdamente.
—Carton —le dijo su abogado, poniéndose delante de él con aire de importancia, como si la boca ardiente de la chimenea hubiese sido el horno donde se forjaran los sostenidos esfuerzos que daban el triunfo, y como si el antiguo compañero de Shrewsbury no tuviera otra cosa que hacer que activar su llama—, tu destino, Carton, ha sido y será siempre cojo. No tienes ni energÃa ni aplicación al trabajo. MÃrame y procura imitarme.
Sydney prorrumpió en una estrepitosa carcajada y le dijo:
—¿Te has vuelto moralista?
—¿Cómo he llegado a ser lo que soy? —continuó Stryver en el mismo tono—. ¿Cómo he ascendido a la altura que ocupo en el foro?