Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Entonces volvió a recostarse el león con ademán meditabundo. El chacal sacó nuevas fuerzas con un vaso de oporto, volvió a empapar las toallas y se ocupó de los ingredientes de una segunda comida. Esta nueva presa fue servida del mismo modo que la anterior y, cuando estuvo completamente aderezada, se oyeron las tres en los relojes de la ciudad.
—Hemos terminado el trabajo —dijo Stryver—; ya puedes hacer el ponche.
Sydney se quitó las toallas que le cubrían la cabeza, se desperezó, bostezó y procedió a la operación que se le había ordenado.
—¿Sabes, Sydney, que estuviste muy acertado en tus pronósticos sobre los testigos de la acusación? Les hicieron todas las preguntas que habías previsto.
—¿No sucede acaso lo mismo todos los días?
—No digo lo contrario. Pero ¿qué tienes? Apaga en el ponche tu mal humor.
El chacal obedeció gruñendo.
—Siempre serás el mismo, el antiguo Sydney del colegio Shrewsbury —continuó Stryver, contemplando a su amigo—, hoy elevado hasta el quinto cielo, y mañana hundido en el cieno, radiante al amanecer y por la tarde desesperado.