Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El correo de Dover discurrÃa según su pauta genuina, es decir, el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban unos de otros, asà como del guarda, todos sospechaban de todos, y el cochero solo se fiaba de sus caballos, aunque habrÃa jurado en conciencia sobre los dos Testamentos que los pobres animales no podÃan arrastrar tanto peso.
—¡Caballos! —gritó el cochero—, un esfuerzo más y se acabarán vuestras penas. Arre, ¡perezosos! —Y añadió volviendo el rostro—: ¿Qué hora es, Joe?
—Las once y diez minutos —respondió el guarda.
—¡Misericordia! —exclamó el cochero con impaciencia—. Las once y diez, y aún no hemos subido la cuesta. ¡Arre, cobardes!
El caballo delantero, sorprendido por un violento latigazo en medio de sus más enérgicas negativas, hizo un nuevo esfuerzo, arrastró a sus tres compañeros, y el coche correo de Dover continuó a marchas forzadas mientras los tres viajeros se hundÃan en el barro, se detenÃan cuando se detenÃa el carruaje y se separaban unos de otros lo menos posible. Si alguno de ellos hubiera tenido la audacia de proponer a su vecino adelantarse algunos pasos en medio de la niebla y de la oscuridad, habrÃa pasado por un ladrón y se habrÃa expuesto a recibir un balazo.