Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Con mucho gusto, Sydney. ¡Bebamos a la salud de la hermosa Lucie Manette! ¿Tienes otra perspectiva más grata?
Era indudable que no, porque su rostro se puso aún más sombrÃo.
—¡Brindemos por la encantadora hija del doctor!
—¡Hermosa… encantadora!
—¿No lo es?
—No.
—¡Qué gusto tan estragado! Ha sido la admiración de todo el tribunal.
—¡Excelentes jueces de la belleza! ¿Quién ha reconocido nunca la competencia de Old Bailey en esa materia? Lucie Manette es una muñeca con cabellos de oro.
—Pues bien, Sydney —replicó Stryver, con una mirada penetrante—, me habÃa parecido que te causaba una profunda impresión esa muñeca de cabellos de oro, y hasta pareció que habÃas manifestado con ella una solicitud impropia de tu carácter.
—Cuando una joven, muñeca o no, se desmaya a dos pasos de distancia, no se necesitan telescopios para verlo. Pero no quiero disipar tu ilusión y voy a brindar por ella, aunque insisto formalmente en negar que sea hermosa. Y se acabó el beber, porque me voy a acostar. ¡Adiós!