Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Lorry sabÃa desde hacÃa algún tiempo que el hermano de la señorita Pross era un malvado que, después de haber gastado sin vergüenza cuanto poseÃa, la habÃa abandonado sin remordimiento en la más profunda miseria. De esta muestra de ingratitud hablaba la buena aya, y el cariño que continuaba profesando a un hermano tan desnaturalizado, y su insistencia en no ver más que una muestra de ingratitud en la conducta de aquel infame, aumentaba el aprecio del señor Lorry por su carácter generoso y leal.
—Ya que estamos solos y somos personas formales —dijo—, permitidme que os haga una pregunta.
—Hablad, señor Lorry.
—El doctor, en sus conversaciones con su hija, ¿ha recordado alguna vez la época en que hacÃa zapatos?
—No.
—Sin embargo, conserva sus instrumentos y su banquillo.
—No he dicho que dejase de pensar nunca en eso —respondió la señorita Pross, moviendo lentamente la cabeza.
—¿Creéis que piensa mucho?
—SÃ.
—Figuraos, pues, que…
—No me figuro nada —dijo el aya interrumpiéndolo.