Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Suponed, pues… ¿No hacéis nunca suposiciones?
—Algunas veces.
—Suponed, pues —continuó el banquero—, que el doctor haya conservado alguna sospecha acerca del motivo que impulsó a los que le encerraron en el calabozo. ¿Creéis que ignora el nombre de sus enemigos?
—No supongo nada, y sobre ese punto no sé más que lo que me ha contado mi hermosa Lucie.
—¿Qué cree Lucie?
—Que lo sabe todo.
—No os enojéis por mis preguntas, porque soy un hombre cansado, como buen hombre de negocios. Vos también sois…
—¿Una mujer cansada? —preguntó la señorita Pross con buen humor.
—Por el contrario sois una mujer de carácter positivo y práctico; eso es lo que querÃa decir. Pero volvamos a nuestro asunto. ¿No es extraño que el doctor Manette, cuya inocencia es indudable para todo el mundo, evite con tanto cuidado hablar de su prisión? No lo digo por mÃ, aunque estemos unidos desde hace tantos años por relaciones de negocios y sea hoy uno de sus Ãntimos, sino por su hermosa hija, por Lucie, a quien ama tanto y que tanto le ama. Creedme, señorita Pross, si entro en esta cuestión lo hago no por curiosidad, sino por el interés que me inspira el doctor.