Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Después de los postres (el calor era insoportable), Lucie propuso ir a sentarse a la sombra del plátano y, como sus más insignificantes deseos eran órdenes para cuantos la rodeaban, todos se levantaron inmediatamente. La joven se había convertido, desde hacía algún tiempo, en la copera del señor Lorry; y mientras charlaban a la sombra del plátano nunca dejaba que se le vaciara la copa. Las paredes y los techos misteriosos eran testigos de sus sonrisas mientras las ramas del plátano murmuraban sobre sus cabezas.

No tardó en llegar el señor Darnay para ensanchar el círculo familiar, pero no era más que uno, y continuaban ausentes los centenares de individuos anunciados por la señorita Pross.

El doctor y su hija recibieron a Charles con afectuosa solicitud, pero el aya sintió tanta inquietud y un temblor tan extraño que se vio obligada a retirarse; era el malestar que la aquejaba y que ella llamaba su crisis nerviosa.

Nunca había estado el padre de Lucie tan alegre y tranquilo; tenía especialmente un aspecto juvenil que destacaba aún más visiblemente la semejanza con su hija, y era delicado observar la misma expresión de dicha en los dos rostros, que formaban entonces un grácil conjunto. Lucie tenía la cabeza apoyada en el hombro del doctor Manette, cuyo brazo descansaba en el respaldo de la silla de su hija.


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