Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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La señorita Pross estaba encargada de la dirección doméstica de la casa, y desempeñaba su cargo de una manera portentosa: sus comidas eran tan sencillas y al mismo tiempo tan bien hechas, la pulcritud de la mesa era tan tentadora para el apetito, y la cocina, medio inglesa y medio francesa, de tal perfección que no podía imaginarse que hubiera manjares más exquisitos. La excelente aya, preocupada constantemente por el bienestar de aquellos a los que servía con amor, había registrado toda la vecindad para averiguar el paradero de unas pobres francesas que, tentadas por sus regalos, le habían revelado todos sus secretos culinarios, y el talento que le habían infundido estas hijas de la Galia era tan prodigioso que las dos criadas que tenía a sus órdenes la creían bruja o el hada madrina de Cenicienta, capaz de tomar un pollo, un conejo o una legumbre cualquiera y transformarlos en lo que se le antojase.

La señorita Pross comía los domingos a la mesa del doctor, pero entre semana lo hacía a horas desconocidas, ya en las bajas regiones donde estaba la cocina, ya en el cuarto azul que ocupaba en el segundo piso y donde nadie entraba a excepción de Lucie. En la presente ocasión desplegó todo el buen humor de que era capaz para corresponder a las atenciones con que la colmaba Lucie y la comida fue de lo más agradable.


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