Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Sin embargo, el padre y la hija aparecieron a los pocos minutos, y la señorita Pross corrió inmediatamente a la puerta de la calle a recibirlos. A pesar de su apariencia, de su elevada estatura, de su vestido estrecho y de su rostro vulgar, enternecía verla coger el sombrero de Lucie, quitarle el polvo cariñosamente con el pañuelo y alisar sus hermosos cabellos con tanto orgullo como si tan rica cabellera fuera suya y ella fuese la más vanidosa de las mujeres. Y causaba dulce placer ver a Lucie darle las gracias, abrazarla con efusión y protestar por las molestias que se tomaba por ella, lo cual, sin embargo, decía riendo para no ofenderla, porque de otro modo el aya no habría podido contener las lágrimas. Y era también un espectáculo tiernísimo el que ofrecía el doctor, contemplando a una y a otra, reprendiendo a la señorita Pross porque mimaba a Lucie y probando con su tono y con sus ojos que él la habría mimado más aún si hubiese sido posible. Finalmente, no era menos interesante contemplar al señor Lorry, radiante de júbilo bajo su pequeña peluca, y dando gracias a su estrella de solterón por haberle concedido en su vejez todas las dichas del hogar.
Pero nadie más pudo gozar de este cuadro de familia, y el señor Lorry esperó en vano a los que había anunciado el aya: llegó la hora de comer, pero no los que acudían a centenares.