Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Yo la he visto más despacio, ya os acordaréis —continuó el señor Darnay con amarga sonrisa—, y, a pesar de haber vivido en ella, estoy menos enterado tal vez que vos de su historia. Me contaron, sin embargo, un incidente bastante curioso que se produjo mientras estaba preso. Habiendo entrado los albañiles en un antiguo calabozo para hacer una reparación, no sé cuál, entre las fechas, los nombres, las quejas y las oraciones que cubrÃan las paredes de aquella mazmorra vieron en un rincón tres letras mayúsculas grabadas por una mano temblorosa y, sin duda, con el auxilio de un mal instrumento. Se creyó al principio que las tres letras, D, I y C, eran iniciales, pero, mirándolas más cerca, se vio que la última era una G. Ahora bien, como las iniciales no se referÃan a ninguno de los presos que habÃan ocupado el calabozo, llegaron a la conclusión de que no formaban una sigla sino una palabra y que esta palabra era dig[18]. Hecho este descubrimiento, se examinó el trozo de la pared donde estaba la inscripción y, después de levantar una piedra, se encontró un pedazo de papel medio podrido entre los restos de una cartera y un saquito de cuero. Fue imposible saber lo que habÃa escrito el preso, pero es evidente que algo habÃa escrito ahÃ, y que lo habÃa puesto allà para ocultarlo a los ojos de los carceleros.
—¿Qué tenéis, padre? —exclamó Lucie con terror—. ¿Os sentÃs indispuesto?