Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El doctor se había levantado repentinamente, llevándose las dos manos a la cabeza y con una mirada que los aterró a todos.

Sin embargo, se dominó casi al momento y dijo:

—No, hija mía; no siento nada. Me han caído en la frente algunas gotas que me han causado una impresión desagradable. Creo que haríamos bien en retirarnos.

Llovía, en efecto, y caían gruesas gotas, y el doctor enseñó una de sus manos mojadas, pero no se dijo una palabra del episodio con que había concluido la conversación. Sin embargo, a lo largo de la velada, el señor Lorry detectó, o creyó detectar, en el rostro del doctor, cada vez que se encontraba con la mirada del señor Darnay, la misma peculiar expresión que le había visto en los pasillos de los juzgados.

El doctor, sin embargo, se repuso tan rápidamente que el señor Lorry empezó a dudar de su perspicacia de hombre de negocios. El brazo del gigante dorado que salía de la fachada no era más firme de lo que lo era el doctor cuando se detuvo para indicarles que aún no estaba preparado para las pequeñas sorpresas (y quizá no lo estaría nunca), y que la lluvia lo había asustado.

Había llegado el momento de tomar el té y la señorita Pross desempeñó su cometido con su talento habitual a pesar de una nueva crisis nerviosa.


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