Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En efecto, a pesar de su esplendor, los magnÃficos salones de Monseigneur, atestados de las maravillas que el arte y el gusto de la época podÃan producir, eran muy poco sólidos, y no habrÃan dejado de causar bastante inquietud a quien se hubiese acordado de los espantajos haraposos y con gorros de algodón que habitaban en el extremo opuesto de la ciudad (bastante cerca del palacio, sin embargo, ya que las torres de Notre-Dame estaban a igual distancia de ambos extremos)… si es que hubiese habido alguien, en los salones de Monseigneur, que se acordara de tales cosas. Se veÃan ahà oficiales que carecÃan de nociones militares, marinos que ni siquiera sabÃan lo que era un navÃo, administradores que ignoraban las leyes de la administración y sacerdotes cÃnicos, mundanos del peor de los mundos, con ojos sensuales, lenguas sueltas y vidas más sueltas aún: todos ellos incapaces de cumplir con sus cargos, mintiendo descaradamente al ostentar los tÃtulos que no merecÃan, pero pertenecientes de cerca o de lejos a la casa de Monseigneur, y provistos por este motivo de todos los empleos o dignidades de los que se podÃa sacar algún provecho. No eran menos numerosos en aquellos salones otros individuos que ningún parentesco tenÃan con los anteriores pero que, como clase, seguÃan el mismo sistema de ostentación y falsedad: médicos que hacÃan fortuna con drogas agradables que prescribÃan para males imaginarios y sonreÃan en las antesalas a su noble clientela; proyectistas que habÃan encontrado excelentes remedios para cicatrizar las llagas del Estado (excepto el de poner manos a la obra y erradicar los abusos) y que revelaban sus portentosos secretos a los necios; filósofos sin fe que regeneraban el mundo con frases huecas, construÃan castillos de naipes para escalar el cielo y hablaban con utopistas sin conciencia, preocupados únicamente por la piedra filosofal; gentes de modales finÃsimos, cuya educación perfecta se manifestaba entonces, como en nuestros dÃas, por una profunda indiferencia a todas las cosas formales, y que ostentaban su hastÃo y su impotencia en el palacio de Monseigneur. Y lo más curioso de todo era que los espÃas que formaban casi la mitad de tan excelente concurrencia se habrÃan visto en un apuro para descubrir en sus salones a una sola mujer que por sus ademanes y su aspecto delatara que era madre. A decir verdad, dejando aparte la acción material de dar al mundo una criatura que estorbaba, muy pocas eran las nobles damas de aquella reunión que conociesen la maternidad. Robustas aldeanas conservaban en sus rústicas cabañas los importantes vástagos de tan nobles familias, y sus elegantes abuelas, que habÃan pasado de los cincuenta, vestÃan y galanteaban como a los veinte años.