Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades HabÃa una mesa con dos cubiertos en la última sala, una pequeña rotonda emplazada en uno de los torreones de tejado piramidal que se alzaban en los cuatro ángulos del castillo. La ventana estaba abierta, pero cerradas las persianas, y la noche era visible únicamente por las lÃneas negras que alternaban con los verdes listones.
—Mi sobrino —dijo el señor marqués contemplando los preparativos de la cena—; me han dicho que no ha llegado.
No habÃa llegado, aunque se le esperaba con el señor marqués.
—No es probable que venga esta noche. Dejad, sin embargo, su cubierto. Cenaré dentro de veinte minutos.
Apenas habÃan transcurrido los veinte minutos cuando el señor marqués se sentaba delante de una cena delicada y suntuosamente servida. Acababan de llevarse el primer plato, y tenÃa en la mano el vaso de vino de Burdeos pero, en vez de llevárselo a los labios, volvió a dejarlo en la mesa.
—¿Qué ruido es ese? —preguntó, mirando la ventana que tenÃa enfrente.
—¿Dónde, señor?
—Abre las persianas.
El criado ejecutó la orden.
—¿Quién anda por ah�